¿QUÉ QUEREMOS?

Seguimos filialmente las orientaciones de la Iglesia: En el primer milenio la cruz fue plantada en Europa. En el segundo, en América y África. Hacemos una llamada para que el tercero sea el de la evangelización de Asia. (Cfr. Ecclesia in Asia, 1.) Acogemos gozosos esta invitación apremiante.

Asumimos con decisión la directriz de nuestro último Capítulo General que en el año 2001 pide al Instituto que “se haga presente en otras regiones del mundo que puedan beneficiarse de su carisma”.

Pero, sobre todo, nos sentimos enviados por Jesucristo, el primer misionero del Padre, que envió directamente a los primeros discípulos a continuar su misión y sigue enviando también hoy. Queremos ofrecer el gran regalo de la fe que nosotros gratuitamente hemos recibido y que llena de alegría nuestras vidas. Deseamos compartirlo generosamente con nuestros hermanos de Asia y ayudarles a iluminar sus vidas con la luz del Evangelio.

Somos seguidores de Jesús, que en la sinagoga de Nazaret, su pueblo, un pueblo asiático, proclamó que había venido al mundo para “predicar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los oprimidos, el año de gracia del Señor” (Cfr. Lc. 4, 18-19).

Asia tiene sed de lo divino. Queremos profundizar con las personas de este continente la dimensión contemplativa de la vida. Deseamos saborear con ellas el misterio de Dios y celebrarlo en actitud orante, enlazando con la mejor tradición de estos pueblos. Sabemos que la misión es “acción contemplativa y activa contemplación”. Oración, es una palabra clave, en nuestro lema, y la animación litúrgica, uno de los aspectos esenciales de nuestro carisma.

Todos los pueblos de la tierra están llamados a constituir un solo pueblo, a formar la gran familia humana. Queremos tender puentes entre los continentes para que desaparezca la marginación y toda clase de rivalidad y se establezca la comprensión y la colaboración entre todos. Nuestra Congregación tiene como modelo a la Sagrada Familia, como ley el mandamiento de la caridad y como fin la extensión del Reino de Dios, que es el reinado del amor (Cfr. Constituciones 88).

Queremos ser constructores de PAZ. Al comienzo de este milenio siguen existiendo conflictos y guerras, intolerancia y marginación. Asia no es una excepción. Queremos aportar nuestros mejores esfuerzos para eliminar la violencia y ser promotores de diálogo y reconciliación.

Al servicio de la promoción humana. Queremos construir con todos los hombres y mujeres, la civilización del amor. Deseamos colaborar en la eliminación de la pobreza y canalizar la ayuda que pueda venir de gentes de buena voluntad, especialmente de Europa, sensibles a los valores de la justicia y la solidaridad.

Con el Sínodo de los Obispos de Asia (Cfr. Ecclesia in Asia, 37), estamos convencidos de que la educación es un medio válido, también en este continente. Es una noble tarea la de formar personas verdaderamente libres y comprometidas, con el dominio de los elementos instrumentales necesarios en el mundo de hoy. Consideramos misión prioritaria ayudar a los jóvenes en su discernimiento vocacional y acompañarles en su formación.

Queremos hacer todo esto, desde una existencia en conexión íntima con Dios, desde una vida de fraterna comunión, desde una actitud de sincera entrega a todas las personas y especialmente a los jóvenes. Deseamos proclamar con nuestra vida y actividad nuestro lema: “Oración, trabajo, amor: paz”.

H. Justo Rubio.